Dice Edmundo Olalla, charcutero de mi barrio, en un arrebato desdeñoso hacia todo lo que huela a intelectualidad para demostrar lo absurdo de la lógica que emplean, que si copias a un autor el acto es considerado como plagio, si los haces de varios simultáneamente, entonces, es que te estás documentado.
lunes, 29 de diciembre de 2014
sábado, 27 de diciembre de 2014
Los Thénardier
No había yo reparado, por lo novedoso, de que un veinte por ciento de estas alegrías tributarán e irán a engrosar las arcas del estado de donde manos con menos escrúpulos que las de los Thénardier (los avariciosos y mezquinos posaderos de Los Miserables) se encarguen de aligerar con casi absoluta impunidad. Ellos, dejándose llevar por las desmesurados y comprensibles júbilos del momento, seguro que tampoco habían reparado en ello.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Despilfarro incitado
El gobierno, con la subida del salario mínimo interprofesional, está fomentando el despilfarro y el dispendio. Esta medida hará que los españoles volvamos a vivir por encima de nuestras posibilidades, tal vez, alguno se permita el lujo de tomarse una caña en cualquier bar o taberna de su ciudad, una vez al mes claro, por aquello de atenerse a la austeridad recomendada a todos los mortales con tanta vehemencia por nuestros mandatarios y que olvidan con tanta facilidad a la hora de aplicarlo a sus sueldos y sobresueldos, sus dietas, sus comisiones y al embolsarse dinero público. ¡No al despilfarro! Los españoles no nos merecemos ganar 3 euros y 19 céntimos más al mes, que somos muy derrochadores.
lunes, 22 de diciembre de 2014
sábado, 20 de diciembre de 2014
lunes, 15 de diciembre de 2014
Estupidez
Siempre pensé que no habías perdido la llaneza que caracteriza a quienes tienen orígenes humildes. Veo que me he equivocado. No basta con ser simpático, gracioso y estar dotado para ese deporte tan grato para algunos privilegiados, también es necesario discurrir con inteligencia. Veo que te manejas mucho mejor con los pies que con el cerebro. El jamoncito y las gambas, a la mayoría de los españoles, hace mucho que nos lo quitaron otros que no son PODEMOS. Hay que saber observar el entorno y no sólo para ver a quién he de pasar la pelota. Hay muchos que no comen ni jamón, ni gambas, tan siquiera un buen plato de garbanzos o lentejas. Hay muchos que ganan al mes lo que tu en un día. Las "mejoras" en nuestro país no paran de avanzar, hace cuatro o cinco años ser mileurista era un desprestigio, hoy se ha convertido en un privilegio vedado a muchos. A veces, el silencio enmascara la verdadera estupidez que algunos llevamos agazapada en nuestro interior. Has perdido una buena ocasión para evitar que aflorase la tuya.
sábado, 13 de diciembre de 2014
Anónimos
A veces el azar te lleva a cosas insospechadas tal y como le
sucedió a un primo mío que acudió a una
exposición fotográfica retrospectiva sobre el flamenco en Málaga. Allí vio esta
foto, la cual a muy poca gente le dirá algo. Pero el hombre del traje y gafas
oscuras nos dio el segundo apellido, tanto a mí como a mi primo, a él también
le dio el nombre. Es don Antonio García Moreno, mi abuelo materno. Era un
amante del flamenco y así lo recuerdo yo. Serio hasta la solemnidad, elegante,
cuidadoso con sus cosas y las ajenas, exigente sin autoritarismo. Siempre andaba
rasgando su guitarra, mostrando una virtuosa aptitud en el toque de ese instrumento
tan unido al flamenco. Destreza que ninguno de sus hijos o nietos supimos
heredar. Despuntaba con su cante que le emergía del corazón, que algún día le
falló y a mí me pilló dos mil kilómetros lejos de su muerte.
En esa exposición alguien quiso rescatarlo del anonimato al
que muchos, a pesar de sus capacidades, habilidades y talentos se ven abocados.
Anonimatos a veces crueles, injustos y arbitrarios. Alguien quiso recordarlo haciéndole
acreedor de ese pequeño homenaje insospechado, aunque aún no ha caído en el
olvido. La muerte nunca es verdadera mientras alguien te recuerde. Frase esta
plagiada de, o inspirada por, la magnífica novela del escritor malagueño,
Enrique Ballesteros Fernández, Ancestra.
viernes, 28 de noviembre de 2014
Darwin
Afirma, Serafín de Valiente, monaguillo de mi barrio,
contradiciendo ese arrebato de grandeza que le obceca al querer ser obispo de
la diócesis del barrio sin pasar de ser un simple seglar, que ratificando las
teorías evolutivas darwinianas, dentro de poco años tendrá el hombre (como
especie) en la mano una pantalla de 4 pulgadas en vez de palma para que
utilicemos a conciencia el whatsapp y otras lindeces por el estilo.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
domingo, 23 de noviembre de 2014
Desahucio demodé
A la casa se accedía a través de un portal de suelo ajedrezado, que el
deterioro había convertido en desigual, al fondo del cual había un patio en el
que vi la furtiva y fugaz carrera de una rata enorme.
Había que subir unas escaleras quejumbrosas y lastimeras, de
escalones cuyos perfiles entablillados por láminas de madera vieja y desgastada,
que cada paso parecía amenazar con un inminente derrumbe para ascender a un
pasillo lóbrego y angosto, en el que dominaba un olor penetrante, agrio, un
olor antiguo. Olía a longevidad y a oscuridad. Miles de años parecían haber
transcurrido desde que el último rayo de sol acariciara aquellas paredes
leprosas, enmohecidas por una eternidad triste y sólo la imaginación dejaba
entrever una arcaica blancura bajo esa patina grisácea que embadurnaba las desconchadas
paredes otrora encaladas por manos diligentes, tal vez jóvenes y ágiles por
aquél entonces, y de seguro, reposaban en algún cementerio vecino sucumbido por
la edad.
Al final de aquél pasillo vivía doña Dulce, tras una puerta
de pintura agrietada y cuarteada que oponía firme resistencia a desprenderse
del todo, que algún remoto día tuvo que ser de un verde alegre, vivo, pareciendo
en aquél entonces el abandonado casco de una remota nave varada en una playa a
merced de soles impunes y vientos crueles.
Nos abrió la puerta con recelo, sorprendiéndonos una inesperada
sacudida de aire fresco y limpio, insospechado en aquél entorno rancio. Doña
Dulce era tan limpia como pobre pensé en ese momento. Nos recibió con una
sonrisa que hacia honor a su nombre. Una sonrisa afable y sincera, pero no sin
un vago tinte de resentido reproche con la humanidad que no supo respetar su
octogenaria existencia, destellaba en aquella cabeza blanqueada por los años.
Primero las sienes, luego canosos rastros por aquí y por allá mientras el
cabello comienza a ralear, que termina en blanquecina expansión otorgándole esa
ceremoniosa solemnidad que proclaman en silencio algunos ancianos, que tanto
disuade a una mente entre lo adolescente y lo juvenil que era la mía por
aquellos días. Con gesto cortés nos invitó, a mis dos acompañantes y a mí, a entrar en aquella austera y castísima casa de
dónde alguien, en un gesto de nefanda vileza, proyectaba echarla por no poder
atender el pago del alquiler. No recuerdo lo que nos ofreció, si café o agua
tal vez. Debieron ser años difíciles para doña Dulce. Para ella y para cientos
de personas que vivían impasibles y sumisos la agonía de un régimen opresor que
hacía del forzado silencio, del terror y el miedo, un aliado inconmensurable. Pero
mi mente y mi corazón vagaban por otros derroteros, por sendas de contemplativas
y piadosas soluciones, tan místicas como inútiles, por plegarias desoídas y ruegos
desatendidos de un Dios impasible ante las injusticias sociales. Esa fue la
revelación que me concedió la pregunta de doña Dulce una vez le entregamos, los
de la parroquia vecina, el dinero para que hiciese frente al pago de la mensualidad
que paralizase el inminente desahucio.
-
¿Entonces, el mes que viene tendré el dinero
nuevamente?
No. No habría próxima vez. La parroquia tenía
que atender cientos de requerimientos tan urgentes y necesarios como el de doña
Dulce. También suministrar cirios y flores a los santos.
En aquella casa apuntalada por la vetusta corrosión quedó
encerrada mi incipiente religiosidad, allí quedó desahuciado, desterrado de mi
mente y corazón ese Dios inconmovible e imperturbable. De allí salí resuelto a
buscar lo que aún no he encontrado en mi utopía: una imposible pero anhelada justicia social.
viernes, 21 de noviembre de 2014
Lágrimas por Cayetana y lágrimas de Carmen.
El diván.
Diserta Ovidio Monforte, tabernero de mi barrio, en uno de
sus escasos ataques de lucidez que le otorga el habitual aletargamiento etílico
en el que está sumido, que la psicología no tiene otra finalidad que la de
endulzar nuestra triste realidad, limando sus asperezas, suavizando sus áridos contornos,
disfrazándola con una cobertura de benigna apariencia de modo que nuestra vida
sean más llevadera, admisible y soportable en definitiva.
jueves, 20 de noviembre de 2014
La salud
En lo atinente a la salud, dice doña Toti Berlanga, vendedora de flores en el quiosco del cementerio de mi barrio, que aquella que no se cuidó en la juventud cobra su tributo a las puertas de la senectud.
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Filósofos y ludópatas
Viene a decirnos Caronte Vergara, biznaguero en la cortedad
del verano y negligente holgazán el resto del año, mientras mendiga un triste
pitillo en la puerta de la taberna de mi barrio, que el filósofo mientras
filosofa hace con su tiempo lo mismo que el ludópata con su dinero cuando juega,
perderlo inútil e irremisiblemente.
domingo, 16 de noviembre de 2014
jueves, 11 de septiembre de 2014
Legado de un dios cruel
Todo comienza con la irreparable pérdida de un amigo. Puede
ser uno muy allegado, de los que has ido perdiendo contacto debido a los
avatares de la vida, pero no por ello han menguado ni el cariño ni ese vínculo
que os mantiene unidos, que aunque invisible es invulnerable; o bien uno de esos
amigos esporádicos, que perduran en la memoria gracias a la rutina y la
costumbre y con los que has compartidos alguna que otra anécdota digna de memorizar.
Te enteras por puro azar. Tal vez por un amigo o conocido común con el que te
cruzas por la calle, mientras esperas el autobús, en la barra de un bar o en la
cola del supermercado y te comunica la noticia, no sin cierto tono irónico queriendo
hacerte partícipe y cómplice del gesto que revela la vanidad de haberle
sobrevivido, como si el mérito fuese atribuible a uno mismo y no a la eventualidad
vital que te viene impuesta por albures incontrolados que te proporcionan fatalidades
o venturas sin la menor intervención de tu anuencia. La muerte siempre
sorprende, siempre es mal avenida. Tras ese se lleva a otro amigo y después a
otro más. Creces la nómina de amigos y conocidos que se van para siempre, que van
a ese lugar del que nunca se vuelve.
Viene el turno de la de tu cónyuge. Esa es una muerte
tremendamente dolorosa. Insuperable. En ti se desata una irrefrenable lucha por
querer retener en la memoria de tus manos cada uno de los recovecos de su
cuerpo, las sensaciones que te trasmitió esa piel tersa y suave a los que los años
arrebataron tesura y suavidad mientras la despojaban de juventud pero no escatimaron
la calidez ni la ternura que de ella manaba. Ni borró el tibio recuerdo que sus
labios te agraciaron en cada uno de sus besos, ni la dulzura de cada uno de sus
susurros. Con su ausencia vuelves a recordar a la soledad. Entonces comprendes
que aquella despedida, que de tanto regocijo te llenó el día que te
desprendiste de ella, fue tan solo un hasta pronto y no un adiós definitivo.
Esa es una muerte que llena tus noches de suaves recuerdos e indulgentes añoranzas
y llena tu casa de un penetrante vacío.
Muere un vecino y luego otro. Tus hermanos y cuñadas. Muere
tu yerno. Muere tu hija. Muere tu hijo. Muera tu nuera. Muere alguno de tus
nietos, mientras tu corazón va acopiado dolor y desolación. Ya no eres amigo.
Todos han muerto. La muerte diluyó tu matrimonio del mismo modo que te arrebató
a todos los hijos, nietos, bisnietos, tataranietos. No hay alma capaz de
aguantar tanta tristeza.
Maldices a quien te otorgó esa terrible condenación a la
inmortalidad, que como la muerte todo arrebata y perpetúa el desgarrador tormento.
martes, 28 de enero de 2014
Ultramarinos de barrio
Cuando en Málaga existían las tiendas de Paquita, o de Juanita o de Antoñita o de Crescencio y a ti te mandaban por un cuarto y mitad de algo o la mitad del cuarto, conceptos que apenas sabías diferenciar, o por una peseta de harina para el pescado y hacías todo el recorrido recitando el mandado para que no cayese en el olvido. Cuántos recuerdos...
Calles de Málaga
Mira Picasso, desde un muro de la Alcazaba, al cielo, tal
vez atrapado en los recuerdos de uno de sus amores, los ojos colmados de melancolía
mientras la lluvia llena las calles de góndolas venecianas, como ataúdes tristes
llevan el canto melodioso y lírico del gondolero en tanto las parejas imaginadas
gozan de un amor soñado.
En una de ellas añora su Puerto de Santa María, Rafael,
marinero en tierra, desterrado y condenado a arrastrar la nostalgia de sus
calles blancas, tanto como su cabellera, de un sol omnipresente, de un vino dorado
en la taberna con sus convecinos entre charlas y partidas de dominó; de su
arboleda perdida. Cabalga caballo cuatralbo, caballo de espuma, a galopar hasta
enterrarlos en la mar.
Manuel Altolaguirre saluda la indiferencia de Picasso que semeja
meditar el boceto de un cuadro futuro, con gesto lánguido a pesar de la
felicidad de reencontrarse con la lluvia malagueña.
Federico añora a su Fuente Vaqueros y Fuente Vaqueros, entre
choperas que despuntan al cielo de la hermosa Granada, añora a Federico que
parece dormir en una cuneta mientras Bernarda, de luto infinito, eterno, trata
de rescatarlo del letargo, ajena a lo definitivo de este. Definitivo y triste,
sin retorno. Es una muerte de botas y tricornios de charol. Es una muerte por
amar a alguien de su imagen y semejanza.
Y Vicente, lejos de su Sevilla natal, se reencuentra con esa
luz malagueña que tanto amó, escribiendo en su corazón La destrucción o el amor.
Dalí, de pie en la proa de una góndola, manteniendo el
equilibrio milagrosamente, con la solemnidad del mascarón de una nave insuflado
de vida, dibuja en el aire, con enormes aspavientos, tal vez unos relojes antes
de que se derritan.
Pasea Julio, lejos de su Buenos Aires, lejos de su Paris,
agarrado de la mano de la Maga, protegidos de la lluvia tan solo por el amor.
Buscan un rincón íntimo donde jugar a la rayuela.
Calle Larios se ha disfrazado de Gran Canal.
Y a la Catedral le quiere crecer la otra torre sumida en el
olvido de tantos y tantos años por las corruptelas de un funcionario impío que distrajo
unos cientos de miles de reales años ha.
El Obispo Herrera Oria, desde el barroco balcón del Palacio
Episcopal, rastrea almas a las que redimir. Ahí va don Pío; Unamuno; Juan Ramón
cabalgando un pollino plateado; Miguel, manco y soldado, manco y escritor,
escoltado por la espigada figura que suspira a Dulcinea a lomos de Rocinante y
la oronda sombra de su escudero soñador.
Góngora, lejos de la fresca sombra de su cordobesa Mezquita,
rima y medita viejos tiempos a orillas de un Guadalquivir plácido.
Antonio compone, apartado de sus campos de Castilla, de su
amada Sevilla.
Aquél de allí, corrigiendo su miopía tras redondos quevedos,
con eterno aire de distracción y decaimiento.
Deambulan por la Plaza de la Merced, por las intrincadas
calles de la judería; por las calles:
Granada, Beatas, San Agustín y Alcazabilla, allí donde quedó parte de mi
juventud, deleitándose, degustando en lentos sorbos unos caldos densos de esta
tierra dulce y cálida, observados en silencio por el monte Gibralfaro en cuya
laderas, otrora, reposaron las almas árabes enterradas en un desaparecido “maqbara”
que encierra dolor y sufrimientos ya cicatrizados hasta el olvido. A los pies
del monte, el pétreo teatro romano, donde aún se oyen los lejanos ecos
declamados en tragedias remotas.
Sale el sol, el viento misericordioso se ha llevado las
nubes. Calle Larios otra vez es calle Larios. El Gran Canal es sólo un recuerdo
difuso. Pablo ya es otro Pablo. Miguel ya no es el mismo Miguel. Sus figuras se
han desvanecido por el influjo colosal de una magia anónima.
sábado, 25 de enero de 2014
El confesionario
Se hizo esperar. Pero aquella espera no venía, como tanta otras veces, dictada por un capricho, sino por los años que entorpecían sus movimientos. Avanzaba lenta y torpemente con la ayuda de andador, de esos que parecen que los que lo utilizan han de realizar un denodado esfuerzo para no tropezar con los cientos de obstáculos que inconscientemente les ponemos, coches y motos mal aparcados, aceras sin el adecuado desnivel que suavice y mitigue la abrupta caída del bordillo hasta el asfalto. Su mirada me buscaba con curiosidad, esa que muestran muchos clientes antes de subirse al taxi, tal vez para atemperar esa leve inquietud que siempre produce un viaje por muy corto que sea el trayecto. Me sonrío con complicidad como dando el visto bueno, admitiendo mi confianza, tal vez por resignación, pero no mostró recelo alguno.
Elegantemente vestida, perfectamente peinado su cabello plateado, denotaba un intrínseco gesto coqueto a pesar de la edad. En su rostro sereno lucían vestigios de una remota belleza. Ochenta y seis años me dijo más tarde que tenía.
- Hola, soy María Dolores – dijo una vez acoplada en el asiento del copiloto, con una voz tan firme que me sorprendió - ¿Y usted como se llama?
- Me llamo Rafael.
Esta vez no mentí. Suelo hacerlo con frecuencia e inventarme un supuesto nombre celoso de mi intimidad, como si la verdad fuese a quebrantarla.
- ¡Oh! Rafael, como mi primo de la que estuve locamente enamorada – dijo con un suspiro de melancolía – Era tan guapo, tan altivo, tan varonil que aún me estremezco al recordarlo. Hace tanto tiempo de eso. Pero él siempre andaba flirteando con una y con otra, entonces, decidí olvidarlo. Claro, no lo logré. Pero qué puñetas había que seguir viviendo. Y viví.
Me contó su vida como profesora de instituto, sus viajes en coche –un mini- acompañada de sus más íntimas amigas y compañeras, también profesoras, por esa carretera tortuosa de los montes desde Sevilla a Málaga y los viajes de regreso entre risas, alegrías, dichas que nos otorga la juventud. Un coche cargado de felicidad y jolgorio. Un coche lleno de ilusión. Contó cómo se había marchado a Brasil, a Panamá y otros maravillosos países caribeños donde pasó años dichosos. Desprendía su conversación, por sus descripciones, por sus palabras, una dilatada cultura que me iba cautivando paulatinamente.
- ¿Ésta es la avenida Juan XXIII, verdad?
- Sí, es esta –respondí.
- Mi Papa preferido junto al actual, el Papa Francisco – me confesó irradiando ternura su mirada -. Fue un grandísimo Papa.
- ¿Sabe usted que existió otro Juan XXIII allá por los siglos XV y XVI? Que fue desposeído de sus prerrogativas pontificias durante el Concilio de Constanza, que él mismo había convocado para acabar con el cisma de occidente, y despojado hasta del nombre y por ello lo pudo utilizar, a mediados del siglo XX, al que hoy conocemos como tal.
Fue un ataque de vanidoso orgullo lo que sentí, tratando de ponerme a la altura de la fascinante perorata con la que estaba embaucando y el cómplice silencio de su acompañante, una mujer de mediana edad, sentada en la parte de atrás del taxi.
-Sí, lo sabía. Había por aquella época tres papas – dijo sus nombres y aquello me desarmó. - ¿Ha sido usted sacerdote? Lo digo porque me resulta extraño que alguien que no se interese por los temas de la Iglesia conozca ese hecho.
-No. No he sido sacerdote. Me faltan muchas cosas para poder serlo, sobre todo vocación – me pareció oportuno ocultar y parapetar mi descreimiento tras esa carencia de vocación -. ¿No será que se extraña por el hecho de que un taxista sepa eso?
-Tengo una enorme consideración por los taxistas. Cuando era monja, de misionera en Brasil había uno que nos ayudaba a diario en la misión. Era un gran hombre…
-¿Usted ha sido monja? ¡Usted ha sido monja y me ha contado con esa naturalidad lo de su primo Rafael!
- Sí, he sido monja y dejé de serlo porque me enamoré de un profesor compañero mío de instituto y nos casamos. Yo, entonces, tenía cincuenta años y a él no le importó mi vocación.
-Debió usted ser una monja muy avanzada para la época.
Con mirada teñida de una profunda y sabia ironía preguntó:
-A ver, Rafael, ¿acaso cree que las monjas no somos mujeres?
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