Mira Picasso, desde un muro de la Alcazaba, al cielo, tal
vez atrapado en los recuerdos de uno de sus amores, los ojos colmados de melancolía
mientras la lluvia llena las calles de góndolas venecianas, como ataúdes tristes
llevan el canto melodioso y lírico del gondolero en tanto las parejas imaginadas
gozan de un amor soñado.
En una de ellas añora su Puerto de Santa María, Rafael,
marinero en tierra, desterrado y condenado a arrastrar la nostalgia de sus
calles blancas, tanto como su cabellera, de un sol omnipresente, de un vino dorado
en la taberna con sus convecinos entre charlas y partidas de dominó; de su
arboleda perdida. Cabalga caballo cuatralbo, caballo de espuma, a galopar hasta
enterrarlos en la mar.
Manuel Altolaguirre saluda la indiferencia de Picasso que semeja
meditar el boceto de un cuadro futuro, con gesto lánguido a pesar de la
felicidad de reencontrarse con la lluvia malagueña.
Federico añora a su Fuente Vaqueros y Fuente Vaqueros, entre
choperas que despuntan al cielo de la hermosa Granada, añora a Federico que
parece dormir en una cuneta mientras Bernarda, de luto infinito, eterno, trata
de rescatarlo del letargo, ajena a lo definitivo de este. Definitivo y triste,
sin retorno. Es una muerte de botas y tricornios de charol. Es una muerte por
amar a alguien de su imagen y semejanza.
Y Vicente, lejos de su Sevilla natal, se reencuentra con esa
luz malagueña que tanto amó, escribiendo en su corazón La destrucción o el amor.
Dalí, de pie en la proa de una góndola, manteniendo el
equilibrio milagrosamente, con la solemnidad del mascarón de una nave insuflado
de vida, dibuja en el aire, con enormes aspavientos, tal vez unos relojes antes
de que se derritan.
Pasea Julio, lejos de su Buenos Aires, lejos de su Paris,
agarrado de la mano de la Maga, protegidos de la lluvia tan solo por el amor.
Buscan un rincón íntimo donde jugar a la rayuela.
Calle Larios se ha disfrazado de Gran Canal.
Y a la Catedral le quiere crecer la otra torre sumida en el
olvido de tantos y tantos años por las corruptelas de un funcionario impío que distrajo
unos cientos de miles de reales años ha.
El Obispo Herrera Oria, desde el barroco balcón del Palacio
Episcopal, rastrea almas a las que redimir. Ahí va don Pío; Unamuno; Juan Ramón
cabalgando un pollino plateado; Miguel, manco y soldado, manco y escritor,
escoltado por la espigada figura que suspira a Dulcinea a lomos de Rocinante y
la oronda sombra de su escudero soñador.
Góngora, lejos de la fresca sombra de su cordobesa Mezquita,
rima y medita viejos tiempos a orillas de un Guadalquivir plácido.
Antonio compone, apartado de sus campos de Castilla, de su
amada Sevilla.
Aquél de allí, corrigiendo su miopía tras redondos quevedos,
con eterno aire de distracción y decaimiento.
Deambulan por la Plaza de la Merced, por las intrincadas
calles de la judería; por las calles:
Granada, Beatas, San Agustín y Alcazabilla, allí donde quedó parte de mi
juventud, deleitándose, degustando en lentos sorbos unos caldos densos de esta
tierra dulce y cálida, observados en silencio por el monte Gibralfaro en cuya
laderas, otrora, reposaron las almas árabes enterradas en un desaparecido “maqbara”
que encierra dolor y sufrimientos ya cicatrizados hasta el olvido. A los pies
del monte, el pétreo teatro romano, donde aún se oyen los lejanos ecos
declamados en tragedias remotas.
Sale el sol, el viento misericordioso se ha llevado las
nubes. Calle Larios otra vez es calle Larios. El Gran Canal es sólo un recuerdo
difuso. Pablo ya es otro Pablo. Miguel ya no es el mismo Miguel. Sus figuras se
han desvanecido por el influjo colosal de una magia anónima.

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