A la casa se accedía a través de un portal de suelo ajedrezado, que el
deterioro había convertido en desigual, al fondo del cual había un patio en el
que vi la furtiva y fugaz carrera de una rata enorme.
Había que subir unas escaleras quejumbrosas y lastimeras, de
escalones cuyos perfiles entablillados por láminas de madera vieja y desgastada,
que cada paso parecía amenazar con un inminente derrumbe para ascender a un
pasillo lóbrego y angosto, en el que dominaba un olor penetrante, agrio, un
olor antiguo. Olía a longevidad y a oscuridad. Miles de años parecían haber
transcurrido desde que el último rayo de sol acariciara aquellas paredes
leprosas, enmohecidas por una eternidad triste y sólo la imaginación dejaba
entrever una arcaica blancura bajo esa patina grisácea que embadurnaba las desconchadas
paredes otrora encaladas por manos diligentes, tal vez jóvenes y ágiles por
aquél entonces, y de seguro, reposaban en algún cementerio vecino sucumbido por
la edad.
Al final de aquél pasillo vivía doña Dulce, tras una puerta
de pintura agrietada y cuarteada que oponía firme resistencia a desprenderse
del todo, que algún remoto día tuvo que ser de un verde alegre, vivo, pareciendo
en aquél entonces el abandonado casco de una remota nave varada en una playa a
merced de soles impunes y vientos crueles.
Nos abrió la puerta con recelo, sorprendiéndonos una inesperada
sacudida de aire fresco y limpio, insospechado en aquél entorno rancio. Doña
Dulce era tan limpia como pobre pensé en ese momento. Nos recibió con una
sonrisa que hacia honor a su nombre. Una sonrisa afable y sincera, pero no sin
un vago tinte de resentido reproche con la humanidad que no supo respetar su
octogenaria existencia, destellaba en aquella cabeza blanqueada por los años.
Primero las sienes, luego canosos rastros por aquí y por allá mientras el
cabello comienza a ralear, que termina en blanquecina expansión otorgándole esa
ceremoniosa solemnidad que proclaman en silencio algunos ancianos, que tanto
disuade a una mente entre lo adolescente y lo juvenil que era la mía por
aquellos días. Con gesto cortés nos invitó, a mis dos acompañantes y a mí, a entrar en aquella austera y castísima casa de
dónde alguien, en un gesto de nefanda vileza, proyectaba echarla por no poder
atender el pago del alquiler. No recuerdo lo que nos ofreció, si café o agua
tal vez. Debieron ser años difíciles para doña Dulce. Para ella y para cientos
de personas que vivían impasibles y sumisos la agonía de un régimen opresor que
hacía del forzado silencio, del terror y el miedo, un aliado inconmensurable. Pero
mi mente y mi corazón vagaban por otros derroteros, por sendas de contemplativas
y piadosas soluciones, tan místicas como inútiles, por plegarias desoídas y ruegos
desatendidos de un Dios impasible ante las injusticias sociales. Esa fue la
revelación que me concedió la pregunta de doña Dulce una vez le entregamos, los
de la parroquia vecina, el dinero para que hiciese frente al pago de la mensualidad
que paralizase el inminente desahucio.
-
¿Entonces, el mes que viene tendré el dinero
nuevamente?
No. No habría próxima vez. La parroquia tenía
que atender cientos de requerimientos tan urgentes y necesarios como el de doña
Dulce. También suministrar cirios y flores a los santos.
En aquella casa apuntalada por la vetusta corrosión quedó
encerrada mi incipiente religiosidad, allí quedó desahuciado, desterrado de mi
mente y corazón ese Dios inconmovible e imperturbable. De allí salí resuelto a
buscar lo que aún no he encontrado en mi utopía: una imposible pero anhelada justicia social.

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