Todo comienza con la irreparable pérdida de un amigo. Puede
ser uno muy allegado, de los que has ido perdiendo contacto debido a los
avatares de la vida, pero no por ello han menguado ni el cariño ni ese vínculo
que os mantiene unidos, que aunque invisible es invulnerable; o bien uno de esos
amigos esporádicos, que perduran en la memoria gracias a la rutina y la
costumbre y con los que has compartidos alguna que otra anécdota digna de memorizar.
Te enteras por puro azar. Tal vez por un amigo o conocido común con el que te
cruzas por la calle, mientras esperas el autobús, en la barra de un bar o en la
cola del supermercado y te comunica la noticia, no sin cierto tono irónico queriendo
hacerte partícipe y cómplice del gesto que revela la vanidad de haberle
sobrevivido, como si el mérito fuese atribuible a uno mismo y no a la eventualidad
vital que te viene impuesta por albures incontrolados que te proporcionan fatalidades
o venturas sin la menor intervención de tu anuencia. La muerte siempre
sorprende, siempre es mal avenida. Tras ese se lleva a otro amigo y después a
otro más. Creces la nómina de amigos y conocidos que se van para siempre, que van
a ese lugar del que nunca se vuelve.
Viene el turno de la de tu cónyuge. Esa es una muerte
tremendamente dolorosa. Insuperable. En ti se desata una irrefrenable lucha por
querer retener en la memoria de tus manos cada uno de los recovecos de su
cuerpo, las sensaciones que te trasmitió esa piel tersa y suave a los que los años
arrebataron tesura y suavidad mientras la despojaban de juventud pero no escatimaron
la calidez ni la ternura que de ella manaba. Ni borró el tibio recuerdo que sus
labios te agraciaron en cada uno de sus besos, ni la dulzura de cada uno de sus
susurros. Con su ausencia vuelves a recordar a la soledad. Entonces comprendes
que aquella despedida, que de tanto regocijo te llenó el día que te
desprendiste de ella, fue tan solo un hasta pronto y no un adiós definitivo.
Esa es una muerte que llena tus noches de suaves recuerdos e indulgentes añoranzas
y llena tu casa de un penetrante vacío.
Muere un vecino y luego otro. Tus hermanos y cuñadas. Muere
tu yerno. Muere tu hija. Muere tu hijo. Muera tu nuera. Muere alguno de tus
nietos, mientras tu corazón va acopiado dolor y desolación. Ya no eres amigo.
Todos han muerto. La muerte diluyó tu matrimonio del mismo modo que te arrebató
a todos los hijos, nietos, bisnietos, tataranietos. No hay alma capaz de
aguantar tanta tristeza.
Maldices a quien te otorgó esa terrible condenación a la
inmortalidad, que como la muerte todo arrebata y perpetúa el desgarrador tormento.

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