A veces el azar te lleva a cosas insospechadas tal y como le
sucedió a un primo mío que acudió a una
exposición fotográfica retrospectiva sobre el flamenco en Málaga. Allí vio esta
foto, la cual a muy poca gente le dirá algo. Pero el hombre del traje y gafas
oscuras nos dio el segundo apellido, tanto a mí como a mi primo, a él también
le dio el nombre. Es don Antonio García Moreno, mi abuelo materno. Era un
amante del flamenco y así lo recuerdo yo. Serio hasta la solemnidad, elegante,
cuidadoso con sus cosas y las ajenas, exigente sin autoritarismo. Siempre andaba
rasgando su guitarra, mostrando una virtuosa aptitud en el toque de ese instrumento
tan unido al flamenco. Destreza que ninguno de sus hijos o nietos supimos
heredar. Despuntaba con su cante que le emergía del corazón, que algún día le
falló y a mí me pilló dos mil kilómetros lejos de su muerte.
En esa exposición alguien quiso rescatarlo del anonimato al
que muchos, a pesar de sus capacidades, habilidades y talentos se ven abocados.
Anonimatos a veces crueles, injustos y arbitrarios. Alguien quiso recordarlo haciéndole
acreedor de ese pequeño homenaje insospechado, aunque aún no ha caído en el
olvido. La muerte nunca es verdadera mientras alguien te recuerde. Frase esta
plagiada de, o inspirada por, la magnífica novela del escritor malagueño,
Enrique Ballesteros Fernández, Ancestra.

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