Mis lecturas recomendadas

viernes, 28 de noviembre de 2014

Darwin



Afirma, Serafín de Valiente, monaguillo de mi barrio, contradiciendo ese arrebato de grandeza que le obceca al querer ser obispo de la diócesis del barrio sin pasar de ser un simple seglar, que ratificando las teorías evolutivas darwinianas, dentro de poco años tendrá el hombre (como especie) en la mano una pantalla de 4 pulgadas en vez de palma para que utilicemos a conciencia el whatsapp y otras lindeces por el estilo.   

miércoles, 26 de noviembre de 2014

El tiempo






Para Valentina Cifuente, modista de mi barrio, el tiempo no es más que una noción que se abrevia en los momentos de dicha y se eterniza en los de amargura.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Desahucio demodé






A la casa se accedía a través de un portal de suelo ajedrezado, que el deterioro había convertido en desigual, al fondo del cual había un patio en el que vi la furtiva y fugaz carrera de una rata enorme.   
Había que subir unas escaleras quejumbrosas y lastimeras, de escalones cuyos perfiles entablillados por láminas de madera vieja y desgastada, que cada paso parecía amenazar con un inminente derrumbe para ascender a un pasillo lóbrego y angosto, en el que dominaba un olor penetrante, agrio, un olor antiguo. Olía a longevidad y a oscuridad. Miles de años parecían haber transcurrido desde que el último rayo de sol acariciara aquellas paredes leprosas, enmohecidas por una eternidad triste y sólo la imaginación dejaba entrever una arcaica blancura bajo esa patina grisácea que embadurnaba las desconchadas paredes otrora encaladas por manos diligentes, tal vez jóvenes y ágiles por aquél entonces, y de seguro, reposaban en algún cementerio vecino sucumbido por la edad.
Al final de aquél pasillo vivía doña Dulce, tras una puerta de pintura agrietada y cuarteada que oponía firme resistencia a desprenderse del todo, que algún remoto día tuvo que ser de un verde alegre, vivo, pareciendo en aquél entonces el abandonado casco de una remota nave varada en una playa a merced de soles impunes y vientos crueles.
Nos abrió la puerta con recelo, sorprendiéndonos una inesperada sacudida de aire fresco y limpio, insospechado en aquél entorno rancio. Doña Dulce era tan limpia como pobre pensé en ese momento. Nos recibió con una sonrisa que hacia honor a su nombre. Una sonrisa afable y sincera, pero no sin un vago tinte de resentido reproche con la humanidad que no supo respetar su octogenaria existencia, destellaba en aquella cabeza blanqueada por los años. Primero las sienes, luego canosos rastros por aquí y por allá mientras el cabello comienza a ralear, que termina en blanquecina expansión otorgándole esa ceremoniosa solemnidad que proclaman en silencio algunos ancianos, que tanto disuade a una mente entre lo adolescente y lo juvenil que era la mía por aquellos días. Con gesto cortés nos invitó, a mis dos acompañantes y a mí,  a entrar en aquella austera y castísima casa de dónde alguien, en un gesto de nefanda vileza, proyectaba echarla por no poder atender el pago del alquiler. No recuerdo lo que nos ofreció, si café o agua tal vez. Debieron ser años difíciles para doña Dulce. Para ella y para cientos de personas que vivían impasibles y sumisos la agonía de un régimen opresor que hacía del forzado silencio, del terror y el miedo, un aliado inconmensurable. Pero mi mente y mi corazón vagaban por otros derroteros, por sendas de contemplativas y piadosas soluciones, tan místicas como inútiles, por plegarias desoídas y ruegos desatendidos de un Dios impasible ante las injusticias sociales. Esa fue la revelación que me concedió la pregunta de doña Dulce una vez le entregamos, los de la parroquia vecina, el dinero para que hiciese frente al pago de la mensualidad que paralizase el inminente desahucio.
-        ¿Entonces, el mes que viene tendré el dinero nuevamente?
  No. No habría próxima vez. La parroquia tenía que atender cientos de requerimientos tan urgentes y necesarios como el de doña Dulce. También suministrar cirios y flores a los santos.


En aquella casa apuntalada por la vetusta corrosión quedó encerrada mi incipiente religiosidad, allí quedó desahuciado, desterrado de mi mente y corazón ese Dios inconmovible e imperturbable. De allí salí resuelto a buscar lo que aún no he encontrado en mi utopía: una imposible pero anhelada justicia social.




viernes, 21 de noviembre de 2014

Lágrimas por Cayetana y lágrimas de Carmen.




Dos hechos han ocurrido estos días con ancianas como protagonistas. Uno triste: ha muerto Cayetana, 88 años, 21 veces Grande de España, 80.000 sevillanos la han despedido, también eso, por desmesurado, me ha resultado triste. Otro ha sido luctuoso. Carmen, 85 años, ha sido desahuciada, menos de 80 españoles han ido a ayudarla, eso no sólo es luctuoso, es muy, muy triste, lamentable, vergonzoso.

El diván.


Diserta Ovidio Monforte, tabernero de mi barrio, en uno de sus escasos ataques de lucidez que le otorga el habitual aletargamiento etílico en el que está sumido, que la psicología no tiene otra finalidad que la de endulzar nuestra triste realidad, limando sus asperezas, suavizando sus áridos contornos, disfrazándola con una cobertura de benigna apariencia de modo que nuestra vida sean más llevadera, admisible y soportable en definitiva.

jueves, 20 de noviembre de 2014

La salud



En lo atinente a la salud, dice doña Toti Berlanga, vendedora de flores en el quiosco del cementerio de mi barrio, que aquella que no se cuidó en la juventud cobra su tributo a las puertas de la senectud.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Filósofos y ludópatas



Viene a decirnos Caronte Vergara, biznaguero en la cortedad del verano y negligente holgazán el resto del año, mientras mendiga un triste pitillo en la puerta de la taberna de mi barrio, que el filósofo mientras filosofa hace con su tiempo lo mismo que el ludópata con su dinero cuando juega, perderlo inútil e irremisiblemente.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Eurípides de Tracia





De haber existido, Eurípides de Tracia, hubiese dicho: "Ojos que no ven, corazón que sospecha"