Cuando en Málaga existían las tiendas de Paquita, o de Juanita o de Antoñita o de Crescencio y a ti te mandaban por un cuarto y mitad de algo o la mitad del cuarto, conceptos que apenas sabías diferenciar, o por una peseta de harina para el pescado y hacías todo el recorrido recitando el mandado para que no cayese en el olvido. Cuántos recuerdos...
martes, 28 de enero de 2014
Calles de Málaga
Mira Picasso, desde un muro de la Alcazaba, al cielo, tal
vez atrapado en los recuerdos de uno de sus amores, los ojos colmados de melancolía
mientras la lluvia llena las calles de góndolas venecianas, como ataúdes tristes
llevan el canto melodioso y lírico del gondolero en tanto las parejas imaginadas
gozan de un amor soñado.
En una de ellas añora su Puerto de Santa María, Rafael,
marinero en tierra, desterrado y condenado a arrastrar la nostalgia de sus
calles blancas, tanto como su cabellera, de un sol omnipresente, de un vino dorado
en la taberna con sus convecinos entre charlas y partidas de dominó; de su
arboleda perdida. Cabalga caballo cuatralbo, caballo de espuma, a galopar hasta
enterrarlos en la mar.
Manuel Altolaguirre saluda la indiferencia de Picasso que semeja
meditar el boceto de un cuadro futuro, con gesto lánguido a pesar de la
felicidad de reencontrarse con la lluvia malagueña.
Federico añora a su Fuente Vaqueros y Fuente Vaqueros, entre
choperas que despuntan al cielo de la hermosa Granada, añora a Federico que
parece dormir en una cuneta mientras Bernarda, de luto infinito, eterno, trata
de rescatarlo del letargo, ajena a lo definitivo de este. Definitivo y triste,
sin retorno. Es una muerte de botas y tricornios de charol. Es una muerte por
amar a alguien de su imagen y semejanza.
Y Vicente, lejos de su Sevilla natal, se reencuentra con esa
luz malagueña que tanto amó, escribiendo en su corazón La destrucción o el amor.
Dalí, de pie en la proa de una góndola, manteniendo el
equilibrio milagrosamente, con la solemnidad del mascarón de una nave insuflado
de vida, dibuja en el aire, con enormes aspavientos, tal vez unos relojes antes
de que se derritan.
Pasea Julio, lejos de su Buenos Aires, lejos de su Paris,
agarrado de la mano de la Maga, protegidos de la lluvia tan solo por el amor.
Buscan un rincón íntimo donde jugar a la rayuela.
Calle Larios se ha disfrazado de Gran Canal.
Y a la Catedral le quiere crecer la otra torre sumida en el
olvido de tantos y tantos años por las corruptelas de un funcionario impío que distrajo
unos cientos de miles de reales años ha.
El Obispo Herrera Oria, desde el barroco balcón del Palacio
Episcopal, rastrea almas a las que redimir. Ahí va don Pío; Unamuno; Juan Ramón
cabalgando un pollino plateado; Miguel, manco y soldado, manco y escritor,
escoltado por la espigada figura que suspira a Dulcinea a lomos de Rocinante y
la oronda sombra de su escudero soñador.
Góngora, lejos de la fresca sombra de su cordobesa Mezquita,
rima y medita viejos tiempos a orillas de un Guadalquivir plácido.
Antonio compone, apartado de sus campos de Castilla, de su
amada Sevilla.
Aquél de allí, corrigiendo su miopía tras redondos quevedos,
con eterno aire de distracción y decaimiento.
Deambulan por la Plaza de la Merced, por las intrincadas
calles de la judería; por las calles:
Granada, Beatas, San Agustín y Alcazabilla, allí donde quedó parte de mi
juventud, deleitándose, degustando en lentos sorbos unos caldos densos de esta
tierra dulce y cálida, observados en silencio por el monte Gibralfaro en cuya
laderas, otrora, reposaron las almas árabes enterradas en un desaparecido “maqbara”
que encierra dolor y sufrimientos ya cicatrizados hasta el olvido. A los pies
del monte, el pétreo teatro romano, donde aún se oyen los lejanos ecos
declamados en tragedias remotas.
Sale el sol, el viento misericordioso se ha llevado las
nubes. Calle Larios otra vez es calle Larios. El Gran Canal es sólo un recuerdo
difuso. Pablo ya es otro Pablo. Miguel ya no es el mismo Miguel. Sus figuras se
han desvanecido por el influjo colosal de una magia anónima.
sábado, 25 de enero de 2014
El confesionario
Se hizo esperar. Pero aquella espera no venía, como tanta otras veces, dictada por un capricho, sino por los años que entorpecían sus movimientos. Avanzaba lenta y torpemente con la ayuda de andador, de esos que parecen que los que lo utilizan han de realizar un denodado esfuerzo para no tropezar con los cientos de obstáculos que inconscientemente les ponemos, coches y motos mal aparcados, aceras sin el adecuado desnivel que suavice y mitigue la abrupta caída del bordillo hasta el asfalto. Su mirada me buscaba con curiosidad, esa que muestran muchos clientes antes de subirse al taxi, tal vez para atemperar esa leve inquietud que siempre produce un viaje por muy corto que sea el trayecto. Me sonrío con complicidad como dando el visto bueno, admitiendo mi confianza, tal vez por resignación, pero no mostró recelo alguno.
Elegantemente vestida, perfectamente peinado su cabello plateado, denotaba un intrínseco gesto coqueto a pesar de la edad. En su rostro sereno lucían vestigios de una remota belleza. Ochenta y seis años me dijo más tarde que tenía.
- Hola, soy María Dolores – dijo una vez acoplada en el asiento del copiloto, con una voz tan firme que me sorprendió - ¿Y usted como se llama?
- Me llamo Rafael.
Esta vez no mentí. Suelo hacerlo con frecuencia e inventarme un supuesto nombre celoso de mi intimidad, como si la verdad fuese a quebrantarla.
- ¡Oh! Rafael, como mi primo de la que estuve locamente enamorada – dijo con un suspiro de melancolía – Era tan guapo, tan altivo, tan varonil que aún me estremezco al recordarlo. Hace tanto tiempo de eso. Pero él siempre andaba flirteando con una y con otra, entonces, decidí olvidarlo. Claro, no lo logré. Pero qué puñetas había que seguir viviendo. Y viví.
Me contó su vida como profesora de instituto, sus viajes en coche –un mini- acompañada de sus más íntimas amigas y compañeras, también profesoras, por esa carretera tortuosa de los montes desde Sevilla a Málaga y los viajes de regreso entre risas, alegrías, dichas que nos otorga la juventud. Un coche cargado de felicidad y jolgorio. Un coche lleno de ilusión. Contó cómo se había marchado a Brasil, a Panamá y otros maravillosos países caribeños donde pasó años dichosos. Desprendía su conversación, por sus descripciones, por sus palabras, una dilatada cultura que me iba cautivando paulatinamente.
- ¿Ésta es la avenida Juan XXIII, verdad?
- Sí, es esta –respondí.
- Mi Papa preferido junto al actual, el Papa Francisco – me confesó irradiando ternura su mirada -. Fue un grandísimo Papa.
- ¿Sabe usted que existió otro Juan XXIII allá por los siglos XV y XVI? Que fue desposeído de sus prerrogativas pontificias durante el Concilio de Constanza, que él mismo había convocado para acabar con el cisma de occidente, y despojado hasta del nombre y por ello lo pudo utilizar, a mediados del siglo XX, al que hoy conocemos como tal.
Fue un ataque de vanidoso orgullo lo que sentí, tratando de ponerme a la altura de la fascinante perorata con la que estaba embaucando y el cómplice silencio de su acompañante, una mujer de mediana edad, sentada en la parte de atrás del taxi.
-Sí, lo sabía. Había por aquella época tres papas – dijo sus nombres y aquello me desarmó. - ¿Ha sido usted sacerdote? Lo digo porque me resulta extraño que alguien que no se interese por los temas de la Iglesia conozca ese hecho.
-No. No he sido sacerdote. Me faltan muchas cosas para poder serlo, sobre todo vocación – me pareció oportuno ocultar y parapetar mi descreimiento tras esa carencia de vocación -. ¿No será que se extraña por el hecho de que un taxista sepa eso?
-Tengo una enorme consideración por los taxistas. Cuando era monja, de misionera en Brasil había uno que nos ayudaba a diario en la misión. Era un gran hombre…
-¿Usted ha sido monja? ¡Usted ha sido monja y me ha contado con esa naturalidad lo de su primo Rafael!
- Sí, he sido monja y dejé de serlo porque me enamoré de un profesor compañero mío de instituto y nos casamos. Yo, entonces, tenía cincuenta años y a él no le importó mi vocación.
-Debió usted ser una monja muy avanzada para la época.
Con mirada teñida de una profunda y sabia ironía preguntó:
-A ver, Rafael, ¿acaso cree que las monjas no somos mujeres?
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