Mis lecturas recomendadas

martes, 24 de septiembre de 2013

Los libros y yo






Los libros y yo siempre hemos tenido una excelente relación, salvo en una ocasión que más adelante referiré. Me han hecho gozar momentos memorables. Viajar a países y tiempos remotos. En pleno invierno, cuando en la calle te helabas con ese frío que penetra en lo más profundo de tus huesos, he atravesado, a lomos de un camello, tórridos desiertos; en verano, cuando el calor derretía las calles, he cruzado gélidas tundras cabalgando en busca de nuevas aventuras o alejándome de inminentes peligros. He navegado por mares infestados de tiburones, piratas y corsarios, soportando tempestades y calmas. He sobrevivido a terribles epidemias. He oído tañer las campanas de hermosos campanarios, la voz del almuédano convocando a las oraciones. He conocido a gente sabia y he sufrido con gente malvada hasta lo indecible. He conocido a seres hermosos y criaturas horripilantes. He sido feliz muchas, muchas veces, sumergiéndome entre sus páginas, perdiéndome en sus laberintos infinitos e intrincados. Todo aficionado a la lectura sabe de qué hablo.

Pero en una ocasión llegué a temer una irreconciliable animadversión hacia ellos. Fue en la época remota de mi servicio militar. Fui destinado al Buque Escuela Juan Sebastián de Elcano, lo que suponía una travesía de nueve meses. Nueve meses alejado de mi ciudad, de mi hogar, de mi país, de mi familia, de mis libros. El petate de la marina era enorme. Una vez metida la ropa reglamentaria, la única autorizada a llevar, los objetos de aseo personal y poco más, rellené los huecos con mis libros. Largamente estuve dudando sobre cuales llevarme, cuales dejar. Lleno de dudas metía algunos que después desechaba, otro no dejaron lugar a vacilación alguna y fueron elegidos con determinación. La mayoría eran títulos proscritos por la dictadura, adquiridos en la trastienda de esas librerías, algunas de las cuales afortunadamente sobreviven hoy en día, que eludían la tutela (nos indicaban que libros podíamos o no leer) del agonizante régimen con ingenio y valentía.
Aquel petate pesaba como un ahogado (jamás he tenido, afortunadamente, que sopesar a un ahogado).
Formados en el patio del cuartel por grupos - no sabría cómo llamarlos, si destacamento, pelotón o compañía, la vida castrense no ha dejando gran huella en mi espíritu- aguardamos las órdenes para dirigirnos a los autobuses, gris plomo, del mismo color que los barcos de guerra, que nos conducirían a nuestros correspondientes buques.
Los oficiales o suboficiales gritaban órdenes de modo desagradable (siempre me he preguntado por qué en la vida militar las órdenes se revisten de ese tono insultante y despectivo, como si darlas de manera tajante pero sin ese tono degradante les restase autoridad).
-Los que van al Buque Castilla al autobús número tres, los del Aragón al seis.
Los grupos fueron dirigiéndose hacia donde les había ordenado. Al fin nos tocó a nosotros. Un suboficial, luciendo una sonrisa socarrona, sin querer disimular las satisfacción que le producía aquella orden que iba a dar nos dijo con el habitual tono castrense.
-¡A ver, los del Juan Sebastián de Elcano! ¿No queréis aventura? Pues aquí empieza ya-.
Nos hizo cargar los petates al hombro y nos llevó andando hasta el Arsenal de la Carraca, donde estaba atracado nuestro buque, desde el Cuartel de Instrucción de Marinería. Nunca sabré porqué fuimos andando mientras los demás lo hicieron cómodamente en autobús. Calculo una distancia cercana a los cinco kilómetros. Me maldije mil y una vez durante el recorrido, mientras sudaba la gota gorda, maldije a los libros y pensé que el odio que sentí en ese momento sería infinito.

Las satisfacciones que me dieron durante el largo viajes me hicieron perdonarlos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario