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miércoles, 18 de abril de 2012

Cuando el amor es inevitable


Aquella respiración, apenas un ronquido leve, delata el sueño de la abuela. Ha mejorado ostensiblemente. En escasamente dos días de cuidados y atenciones han remitidos malestares, achaques e indisposiciones. Sabe que podrá salir esa noche con plena tranquilidad. Antes de abandonar la casar con sigilo, cuidando de no despertarla, se observa en el espejo. Un discreto toque de claxon había anunciado su llegada. Siente impaciencia por volver a verlo. Quiere estar deslumbrante para él. Fue suficiente el largo viaje en autobús para saber que ambos sienten un irresistible y mutua atracción. Observa el último retoque del peinado, los labios perfilados semejando dos enceradas cerezas bruñidas con esmero, el rímel realzando la ternura de su mirada, el espejo refleja lo excelso de su belleza. ¡Qué pena que las luces de la discoteca fuesen a atenuarla! piensa orgullosa de su imagen. Pero él la habría disfrutado con anterioridad, habría quedado ya atrapado sin remisión por sus encantos y eso la tranquiliza.
Ajusta con delicadeza la caperuza, la misma que lució durante el viaje cuando se conocieron. “¡Qué bien te sienta el rojo!” Le había dicho él.
Abajo le espera, atenazado por la impaciencia, la misma que la corroe a ella, tamborilea sus garras sobre el volante.
-Qué oreja más grandes y hermosas tienes – dice ella.
-Para oírte mejor- dijo él omitiendo el aullido emitido por sus fauces segundos antes a la luna en señal de irreprimible felicidad.


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